Elogio de las (malas) palabras

Soy un cazador de palabrotas. En los taxis siempre deslizo temas pornográficos para ver si el conductor me sorprende con un taco maravilloso. En las plazas de abastos siempre provoco a los verduleros para ver si descubro un insulto sublime o una procacidad deliciosa.

Un día, en La Habana, un camarero veterano me contó sin ruborizarse que la víspera había tenido sexo.

-- Se la metí hasta el collín – me dijo, guiñando un ojo.

Horas después, cuando un antropólogo me explicó la frase, supe qué clase de botín tenía entre manos. En Cuba son muy populares los machetes Collins, que llevan la marca justo en el borde de la cacha. En tantos años de uso la gente ha españolizado el nombre. Lo pronuncia con acento en la “i” y sin la “s”.

-- La expresión “meterlo hasta el collín” es uno de los hallazgos más altos de la grosería universal – concluyó mi amigo antropólogo.

En mi larga vida como fisgón de procacidades no solo he conocido gente deslenguada: también la he visto muy ingeniosa. Una vez, en Montevideo, un taxista me anunció que tendría con su novia “una junta de ombligos”. Otro día, en Barranquilla, un anciano borracho me obsequió un aforismo inspirado:

-- La mujer siempre tiene por dónde. El hombre no siempre tiene con qué.

Amo viajar porque así encuentro tacos nuevos. Viajar, para mí, no consiste en conocer lugares sino en enriquecer el inventario de palabrotas. Nada revela tanto el espíritu de las sociedades como sus blasfemias y sus conversaciones obscenas.

Dime cómo nombras tus genitales o qué modismos tienes para referirte al acto sexual, y yo te diré de dónde vienes. Al llamarle “reata” y “pistola” al pene, los mexicanos revelan su prehistoria ranchera; al usar el verbo “vacunar” como sinónimo de hacer el amor, los argentinos muestran su tradición ganadera.

Las palabrotas siempre me han generado un placer enfermizo. En la infancia era capaz de delatar a los niños obscenos sólo para repetir, sin oposición de los adultos, ciertas vulgaridades sonoras que me fascinaban.

-- Tía, tía, Jaimito dijo chucha.

Entonces la tía pronunciaba el vocablo aséptico que debíamos usar en reemplazo del soez.

-- Niños, ¡eso se llama vulva!

La palabra autorizada casi siempre me parecía más fea que la infractora y, sobre todo, más aburrida.

Mi pasión quizá se deba a que pasé mucho tiempo cohibido. De niño nunca entendí por qué los adultos usaban las palabrotas que me prohibían. Quería ser como ellos, participar en sus reuniones. Sabía que solo cuando fuera capaz de decir obscenidades impunemente podría sentirme grande y, en consecuencia, liberado.

He evadido hasta ahora la expresión “malas palabras” porque creo, como Wilde, que no hay lenguaje decente ni indecente sino bien o mal usado. Quien habla es dueño de sus intenciones; quien oye lo es de sus prejuicios.

Si las obscenidades celebran el gozo de estar vivos, las blasfemias son un acto de fe en el lenguaje. Ante la permanente agresión del mundo me niego a empuñar las armas y solo esgrimo, en mi defensa, una sonora palabrota.


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Alberto Salcedo Ramos