Una balada para el mar

He madrugado a sentarme frente al Mar Caribe porque necesito encontrarme conmigo mismo. Aquí podré liberarme, aunque sea solo durante un rato, de todos esos ruidos urbanos que me intoxican: la bocina de los automóviles, el timbre de los teléfonos, el reguetón de mis vecinos, la estridencia de los transeúntes.

He venido a estas horas porque quiero disfrutar ese momento en que el sol brota como desde dentro del mar y colorea el horizonte. Entre tanto, oigo la sonata del oleaje, veo el tapiz de agua espumosa viniendo al encuentro con mis pies desnudos.

Librado de los escándalos de la urbe oigo, sobre todo, mi propia voz. La oigo recitando una antigua tonada negra de Candelario Obeso:

Qué ejcura que ejtá la noche

la noche qué ejcura ejtá

así re ejcura e’ la ausencia

¡bogá, bogá!

Después la oigo pronunciando el hermoso responso de Jorge Artel por la muerte de un boga adolescente. Entonces vuelvo a sentir la congoja que sentía en la infancia cuando declamaba ese poema. Siempre extrañaré la voz del muchacho pescador que en las noches de juerga “tiraba su grito como una atarraya abierta”.

Eso sí: ahora, gracias al sosiego que me produce este amanecer y al rumor familiar de las olas, he vuelto a oír las coplas que entonaba el boga cuando arribaba a tierra firme. El mar trae de regreso algunas voces dejadas de lado así como devuelve a la playa ciertas cosas perdidas. En apenas un instante me ha permitido oír de nuevo a Candelario Obeso y a Jorge Artel.

Oigo a papá Alberto, que murió hace doce años; oigo a un hermano de él, que murió hace treinta y cuatro. Oigo las voces de todos mis mayores, esos que en un verso precioso de Rojas Herazo aparecen descritos como “un ramo de abuelos que reunidos me pesan”. Me gusta venir al mar en calma de la mañana para disputarle al olvido estos tesoros.

Por eso siempre repito, en coro con Ramiro de la Espriella, que para quienes nacimos en el Caribe el mar es más un oleaje de sangre que de iodo. Se derrama desde nuestras vísceras porque lo tenemos adentro. Oír su rumor es oírnos, oírnos es reencontrarnos.

Ahora, mientras el sol incendia el horizonte, mientras una resaca de agua tibia me acaricia los pies, mientras los vientos alisios barren la playa como escobas enardecidas, me pregunto si el mar es macho, como proponía Hemingway, o hembra, como pretendía Virginia Woolf.

El de Hemingway es macho, sin duda. También lo es el que nos legaron nuestros antepasados en los patios del Caribe, desde Cuba hasta Santo Domingo, desde Santa Marta hasta Kingston. Macho cuando se le da por bravuconear saltándose los malecones para arremeter contra las ciudades, macho cuando oxida las cerraduras de las puertas con su salitre, macho cuando libra su combate testarudo contra las rocas.

Me temo, sin embargo, que también es hembra, aunque yo a estas alturas me niegue a llamarle “la mar” para no sonar afectado. Es hembra porque su voz en calma es la de nuestra madre cuando nos arrullaba, es hembra porque su oleaje son las caderas complacientes de la mujer amada, es hembra porque su vaivén es el chinchorro de la abuela meciéndonos eternamente.

Cada quien encuentra el mar que se merece. El mío es ese líquido amniótico, maternal, que tengo al frente, en el cual me hundo cuando necesito renacer.


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Alberto Salcedo Ramos